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lunes, 17 de octubre de 2016

EL ORIGEN

Por Daniel M Forte

Era doloroso, ese punto, la coordenada cero provocaba en ella una sensación de vacío en las tripas. Languidez y asco trepaban hacia el pecho mutando en la más profunda de las angustias. En el origen todo era oscuridad, una pegajosa oscuridad que ponía en tensión todos sus sentidos teñidos con la certeza de ser atacada.
La primera vez que huyó alejándose cada vez más de ese punto, se desdobló y se vio a sí misma corriendo y perdiendo de a poco cada una de sus moléculas, las que curiosamente volvían al origen. Sus ropas se disolvían, su piel desaparecía, ahora era una masa de músculos en permanente disolución, los humores se esfumaban en pequeñas gotas y se reagrupaban en el origen. Ella corría, se disolvía y se recreaba en ese punto de partida y todo eso era observado en forma impersonal por ella misma. Por fin se derrumbó el esqueleto y nuevamente se vio en la soledad, otra vez en el origen, nuevamente en el dolor.
Sobrepuesta al desconcierto inicial trató de entender lo que pasaba. Volvió a intentar la huida tomando distintas direcciones; en todas ellas el fenómeno se repitió. Allí sacó su primera conclusión: el proceso de disolución y reagrupamiento era independiente de la dirección que tomara.
Era difícil razonar en medio de la angustia, respiró hondo, se sentó en el piso con las piernas cruzadas tal como lo hacía durante las clases de yoga, ¿las clases de yoga?, recordó las clases, recordó el trabajo, las reuniones con amigos, su historia. Ella tenía una historia fuera de ese punto inicial en donde se encontraba, eso demostraba que la huida era posible, o tal vez no, tal vez sólo era posible salir de allí a condición de volver.
Se incorporó, dijo en voz alta:

–¡Voy a volver!

Comenzó lentamente a alejarse. Un paso, dos, diez...

–¡Voy a volver!

Ya no se veía, sólo caminaba en la penumbra repitiendo la frase como un conjuro:

–¡Voy a volver!

La alegría la invadió, estaba huyendo, era posible la huida, no sabía hacia dónde, no importaba, se podía, era posible, ya nunca más esa opresión en el pecho, nunca más el dolor, ¡nunca más!
Se sorprendió llorando de felicidad con los brazos en cruz sobre el pecho y caminando, ahora con paso más ligero, se vio a sí misma en forma impersonal, angustiosamente objetiva. Se vio entonces disolverse y recrearse en el origen.
Cayó de rodillas y lloró, el origen no cree en palabras, el origen es un dios impiadoso que percibe nuestros pensamientos, anticipa nuestras intenciones y aborrece nuestros sentimientos.
Es posible escapar, se dijo, y se incorporó, buscó a su alrededor algo que la ayudara a huir, algo duro y filoso que le trajera la liberación del brazo de la muerte. Sólo percibió la nada. El origen era el vacío.
Quedó largo rato arrodillada en el suelo con la cabeza caída sobre el pecho. Su silueta era la imagen misma de la derrota. Pensó en pedir ayuda, se irguió y comenzó a gritar, a clamar, a suplicar. Un eco lejano y ligeramente radiofónico le devolvía las palabras. Entonces, presa de la más terrible desesperación, empezó a golpearse el vientre con los puños. Castigaba su cuerpo en un ritual frenético,  el vientre, los pechos, la cabeza.


Su cabeza golpeó levemente contra el vidrio de la ventanilla del colectivo en que viajaba, y se despertó, siempre se despertaba en el mismo sitio, a dos cuadras de la parada donde debía descender.

 Volviendo a casa.


viernes, 23 de septiembre de 2016

INSTRUCCIONES PARA ANUNCIARSE, SIN TIMBRE

Por: Daniel M Forte


Es público y notorio que vivimos tiempos en donde la tecnología está presente hasta en los mas triviales actos cotidianos. Siempre fue así, desde que aquel cavernícola, en tanto indefenso bípedo implume, tomó una piedra para defenderse, dependemos de la técnica para subsistir; la ausencia de esta, provocaría el colapso.
Así, cuando carecemos de alguno de esos utensilios de los que tanto dependemos, sobreviene la turbación, la parálisis, el shock.
Pongamos como ejemplo la situación en que se presenta la necesidad de anunciar nuestra presencia al eventual habitante de una vivienda y su puerta de acceso carece de pulsador, también conocido como botón, del timbre o el mismo se encuentra cubierto con un papelito, cartón o cartulina en donde , escrita con birome, reza la leyenda “no funciona”.
La solución a este problema, curiosamente, precede al invento mismo del timbre o campanilla eléctrica. Fue en la Francia de los Luises donde el Marqués de Nigaud estableció que no era de caballeros golpear la aldaba para anunciarse y en su famosa obra  Je suis ici ( Aquí estoy), establece que: “ Ha de colocarse el caballero a tres pies de distancia de la puerta, de frente a esta, levantará el brazo formando una “L” invertida, cerrará el puño y con los nudillos de los dedos índice y mayor dará una sucesión de golpes mayor de dos y menor que cinco, siendo tres la cantidad optima. Es de suma importancia que dichos golpes se efectúen solo moviendo la muñeca, manteniendo el antebrazo estático” ( Aquí estoy; pag:345 Editorial La Matraca; Madrid 1845 ). En otro párrafo, Nigaud establece taxativamente que la intensidad de los golpes, esto es, el sonido que produce el choque del puño con la madera de la puerta ( por aquellos días las puertas de las residencias eran de ese material), deberá ser lo suficientemente intenso como para ser escuchado, sin llegar a alarmar al ocupante del inmueble. “Nunca se olvidará que el objetivo, es anunciar nuestra presencia con glamour “ (Aquí estoy; pag:763 ).
La técnica de Nigaud rápidamente se esparció por toda Europa ( hubo un zapatero inglés, David Brokenshoe, que se atribuyó el método, generando apasionadas polémicas) y llega a Rusia en los inicios del siglo XIX, en medio de un generalizado fervor nacionalista. Fue allí donde Nikita Sobakov encabezó una corriente que postulaba que el método de Nigaud era afeminado y decadente.
El gran mérito de Sobakov es haber extendido y democratizado el hecho de anunciarse ya que, al contrario de Nigaud, que circunscribía su forma a las clases altas, Sobakov recorría la campaña enseñando a campesinos y Señores; “esto sirve tanto para la dacha como para la residencia señorial”, solía decir y su prédica fue fundamentalmente oral y práctica por lo que sus postulados nos llegan a través de Juri Limurenko, su discípulo.
“ El llamado ha de ser varonil y decidido. Te situarás con tus piernas abiertas a un ancho de hombros y los pies paralelos y en un ángulo de 30 grados respecto de la puerta. Levantarás el brazo en ángulo y con los nudillos de los dedos menores ( meñique, anular y mayor..NdelT ), darás cuatro enérgicos golpes y esperarás.” ( Sobakov, mi maestro; Juri Limurenko Ed Katyusha, Moscú 1870, pág. 123 )
Como vemos, Sobakov utilizaba la fuerza combinada, tanto de los músculos largos de los brazos, como la fuerte musculatura del torso.
Mas allá de las ventajas de uno u otro método, ambos olvidados bajo el peso de la tecnología, hoy podemos rescatar lo mejor de ambos y tal vez, ¿Por qué no?, combinar  la sutileza de Nigaud con la recia determinación de Sobakov. Porque anunciarnos es algo que nos representa, actitud desdeñada en los 60 del siglo pasado, cuando hubo todo un movimiento que golpeaba las puertas con una sucesión de 5 golpes , seguida de otros dos ( esta secuencia, originalmente fue una burla, un insulto entre el gremio de telegrafistas) y por suerte dicha práctica fue abandonada, aunque aún la suelen utilizar algunos chistosos de poca monta.
Hasta aquí, hemos ofrecido una síntesis de los principales métodos para anunciarse frente a la carencia de timbre, siempre en inmuebles en donde la puerta de acceso, está relativamente cerca de la vivienda; para el caso de tener que hacerlo en zonas de quintas o de chacras, hay otros métodos que exceden los alcances de esta guía.


martes, 28 de junio de 2016

BELGRANO, EL CONTRAREVOLUCIONARIO (II)


Seguramente por razones de espacio, esta nota salió publicada parcialmente en la edición digital de PRENSA OBRERA. Va aquí la nota completa.

Por Daniel M Forte
 El tiempo me enseñó que los valientes
escribirán la historia con su sangre.
Pero la historia escrita de los libros,
se escribe con la pluma del cobarde.
Jaime Roos

                                                                                             

Resulta difícil abstraerse de caer en un lugar común y decir que este es un libro distinto. Pero efectivamente lo es.
¿Qué hace distinta a esta obra del resto de aquellas que abordan al mismo personaje? Muy simple: el método de análisis.
Dice el axioma que la ideología es todo, de ella derivan los principios, el método, la acción y el concepto del bien y del mal; y aquí se evidencia en el hecho de que otros autores, desde Mitre hasta el Billiken, disponiendo de la misma documentación, llegaran a conclusiones distintas y contradictorias entre sí. El análisis histórico es ante todo, un análisis político.
Mauricio Fau se mete con un intocable aureolado por el mito mitriano. Y no es caprichosa la elección del sujeto; en su tragedia personal se sintetiza el desarrollo de una clase social que desde el génesis, evidenció sus contradicciones y su impotencia para llevar hasta el fin la resolución de las tareas democráticas; porque un implacable hilo conductor vincula la entrega de la Banda Oriental a los portugueses, la lucha contra Artigas y los caudillos del primer federalismo, la búsqueda de un príncipe (europeo o incaico) que garantizara el control administrativo del Estado y que permitiera el libre comercio internacional,  imprescindible para su desarrollo como clase, y la capitulación en nuestros días, ante el imperialismo y sus organismos financieros. Una clase social que solo muestra valentía y determinación en el momento de reprimir, maniatar, desviar o cooptar el desarrollo de la conciencia independiente de los oprimidos.
Belgrano, el contrarrevolucionario, es un libro con pocos adjetivos, cuyas conclusiones están documentalmente respaldadas, trazando el cuadro de situación de una época que, tal lo dicho, excede al personaje en cuestión y forma parte de una nueva visión de la historia, iniciada por la obra de Rath y Roldan ; La Revolución Clausurada, de la que Fau es autor del capítulo 8 y de la cronología.

El tiempo me enseñó que desconfiara
de lo que el tiempo mismo me ha enseñado
Por eso a veces tengo la esperanza,
que el tiempo pueda estar equivocado.
                                                  Jaime Roos 


miércoles, 11 de mayo de 2016

BELGRANO, EL CONTRAREVOLUCIONARIO



Manuel Belgrano es una marca registrada. En el registro de patentes, figura como propietario Bartolomé Mitre.
"Héroe de alma grande", "patriota de fe incontrastable", "tenaz resistencia y fortaleza de espíritu", son algunos de los cientos de calificativos superlativos que recibe del inventor de la historia argentina.

martes, 3 de mayo de 2016

¿QUIEN NO TIENE UN MUERTO EN EL ROPERO?

José Martí y el 1º de mayo
Por Daniel M Forte
05/06/10

Todos los años, el 1º de Mayo se realiza en Cuba el desfile en la Plaza de la Revolución. En ella se destaca el monumento a José Martí, al que llaman el apóstol de la libertad y que sin duda fue uno de los mayores poetas americanos; gran patriota y  revolucionario, cuyas acciones lo llevaron a ofrendar la vida defendiendo y aplicando consecuente y desinteresadamente  sus convicciones; sin embargo, sus limitaciones ideológicas hicieron que comprara el discurso de la reacción en los EE.UU cuando ésta, montó la farsa del proceso a los anarquistas que más tarde, la historia conocería como los Mártires de Chicago, por cuyo holocausto, los trabajadores del mundo conmemoran esa fecha, como una jornada de unidad, solidaridad y lucha del proletariado.
Albert Spies, uno de los ejecutados, al pie de la horca pronunció esta lapidaria sentencia. Llegará el día, en que nuestro silencio, se oirá más fuerte que todas vuestras palabras.
A continuación, transcribo la nota que José Martí enviara al diario La Nación, de Argentina, en su carácter de corresponsal, cubriendo el juicio a estos obreros y luchadores.
 Alguien me dijo que después, Martí rectificó su opinión. En lo personal, busqué esa rectificación y no la encontré.
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El Proceso de los siete anarquistas de Chicago
Por José Martí

New York septiembre 2 de 1886

 Señor Director de La Nación.

Aquellos anarquistas que en la huelga de la primavera lanzaron sobre los policías de Chicago una bomba que mató a siete de ellos, y huyeron luego a las casas donde fabrican sus aparatos mortíferos, a los túneles donde enseñan a sus afiliados a manejar las armas, y a untar con acido prúsico, para que maten mas seguramente, los puñales de hoja acanalada; aquellos que construyeron la bomba, que convocaron a los trabajadores a las armas, que llevaron cargado el proyectil a la junta pública, que excitaron a la matanza y al saqueo, que acercaron el fósforo encendido a la mecha de la bomba, que la arrojaron con sus manos sobre los policías, y sacaron luego a la ventana de su imprenta una bandera roja; aquellos siete alemanes, meras bocas por donde han venido a vaciarse sobre América el odio febril acumulado durante siglos europeos en la gente obrera; aquellos míseros, incapaces de llevar sobre su razón el peso peligroso y enorme de la justicia, que en sus horas de ira enciende siempre a la vez, según la fuerza de las almas en que arraiga, apóstoles y criminales; aquellos han sido condenados, en Chicago, a la muerte en la horca.
Tres de ellos ni entendían siquiera la lengua en que los condenaban. El que hizo la bomba, no llevaba más de unos nueve meses de pisar esta tierra que quería ver en ruina.
Uno solo de los siete, casado con una mulata que no llora, es norteamericano, y hermano de un general de ejército; los demás han traído de Alemania cargado el pecho de odio.
Desde que llegaron, se pusieron a preparar la manera mejor de destruir. Reunían pequeñas sumas de dinero; alquilaban casas para hacer experimentos, rellenaban de fulmicotón trozos pequeños de cañería de gas; iban de noche con sus novias y mujeres por los lugares abandonados de la costa a ver como volaban con esta bomba cómoda los cascos de barco; imprimían libros en que se enseña la manera fácil de hacer en la casa propia los proyectiles de matar; se atraían con sus discursos ardientes la voluntad de los miembros mas malignos, adoloridos y obtusos de los gremios de trabajadores; “pudrían – dice el abogado – como el vómito del buitre, todo aquello a que alcanzaba su sombra”.
En libros, diarios y juntas adelantaban en organización armada y predicaban una guerra de incendio y exterminio contra la riqueza y los que la poseen y defienden, y contra las leyes y los que la mantienen en vigor. Se les dejaba hablar, aún cuando hay leyes que lo estorban, para que no pudiesen prosperar so color de martirio, ideas de cuna extraña, nacidas de una presión que aquí no existe en la forma violenta y agresiva que del otro lado del mar las ha engendrado.
Prendieron esas ideas lóbregas en los espíritus menos racionales y más dispuestos por su naturaleza a la destrucción; y cuando al fin, como enseña de este fuego subterráneo, saltó encendida por el aire la bomba de Chicago, se vio que la clemencia equivocada había permitido el desarrollo de una cría de asesinos.
No embellece esta vez una idea el crimen.
Sus artículos y discursos no tienen aquel calor de humanidad que revela a los apóstoles cansados, a las víctimas que ya no pueden con el peso del tormento y en una hora de majestad infernal la echan por tierra, a los espíritus de amor activo nacidos fatalmente para sentir en sus mejillas la vergüenza humana, y verter su sangre para aliviarla sin miramiento del bien propio.
Así se explica que los trabajadores mismos temblaron al ver que delitos se criaban a sus sombra; y como de vestidos de llamas se desasieron de esta mala compañía, y protestaron ante la nación que ni los mas adelantados de los socialistas protegían ni excusaban el asesinato y el incendio a ciegas como modos de conquistar un derecho que no puede ser saludable ni fructífero si se logra por medio del crimen, innecesario en un país de república, donde puede lograrse sin sangre por medio de la ley.
Así se explica cómo hoy mismo, cuando los diarios fijaron en sus tablillas de anuncio el veredicto del jurado, no se oía una sola protesta entre los que se acercaban ansiosamente a leer la noticia.
Y esta vez, ni un solo gremio de trabajadores en toda la nación ha mostrado simpatía, ni cuando el proceso, ni cuando el veredicto, con los que mueren por delitos cometidos en su nombre.
Y es porque esos míseros, dándose a si propios como excusa de su necesidad de destrucción las agonías de la gente pobre, no pertenecen directamente a ella, ni están por ella autorizados, ni trabajan en construir, como trabaja ella, sino que son hombres de espíritu enfermizo o maleado por el odio, empujados unos por el apetito de arrasar que se abre paso con pretexto público en todas las conmociones populares, pervertidos otros por el ansia dañina de notoriedad o provechos fáciles de alcanzar en revueltas,        - y otros, ¡los menos culpables, los mas desdichados!, endurecidos, condensados en crimen, por la herencia acumulada del trabajo servil y la cólera sorda de las generaciones esclavas.
Aquí, a favor de la gran libertad legal, de lo fácil del escape en esta población enorme, de la indulgencia que envalentonó la propaganda anarquista, se reunieron naturalmente para su obra de exterminio esos elementos fieros de todo sacudimiento público: los fanáticos, los destructores y los charlatanes. Los ignorantes los siguieron. Los trabajadores cultos se retrajeron de ellos con abominación. Los obreros norteamericanos miraron como extraños a esos medios y hombres nacidos en países cuya organización despótica de mayor gravedad y color distinto a los mismos males que aquí los hábitos de libertad hacen llevaderos.
El silencio amparó la obra siniestra.
Porque entre otras cosas, los peligros mismos que, a la raíz del proceso, corría el jurado, venían siendo garantía de que él no daría veredicto de muerte contra los anarquistas, a tener la menor posibilidad de evitarse así una inquietud para la conciencia y un riesgo para sus vidas. Si la evidencia no era absoluta, el jurado se aprovecharía de ello para no incurrir en la ira de los anarquistas.
Ya se sabe que el jurado aquí, como en todas partes, no es como los jueces, que viven de la justicia y pueden afrontar los peligros que les vengan de ejercerla con la protección y paga del orden social que los necesita para su mantenimiento.
Estos doce jurados, traídos muy contra su voluntad a juzgar a los jefes de una asociación numerosa de hombres que creen glorioso el crimen, y criminales a todos los que se les oponen, habían de temer con razón que los anarquistas, enfurecidos por la sentencia de sus jefes, llevasen a cabo las amenazas que esparcían abundantemente, mientras se estaba eligiendo el jurado.
Treinta y seis días tardó el jurado en formarse. Novecientos ochenta y un jurados hubo de examinar para poder reunir doce.
Reunidos al fin, siguió por todo un mes la sombra vista.
De noche reposaban los jurados en sus cuartos en el hotel, vigilados por los alguaciles que debían librarle de toda comunicación o amenaza; deliberaban; comentaban los sucesos del día; iban concentrando el juicio; se distraían tocando el piano, banjo y violín. De día eran las sorpresas.
Ya era el norteamericano Parsons, a quien la policía no podía hallar, y se presentó de súbito en la sala del proceso, desaseado, barbón, duro, arrogante; ya era que iban perdiendo su seguridad aparente los presos, conforme el fiscal público presentaba en el banquillo como testigos a los cómplices mismos de los anarquistas, el regente de la imprenta del periódico que incitaba a la matanza, al dueño de la casa donde el recién llegado alemán hacía las bombas.
Una joven repartía un día a los presos ramilletes de flores encarnadas. La madre del periodista Spies oía día sobre día  las declaraciones contra su hijo. El fiscal presentó en su propia mano una bomba cargada, de las que se hallaron en un escondite, fabricadas por uno de los presos, con ayuda del cómplice que lo denunciaba desde el banquillo.
Cada día se veían crecer las alas de la muerte, y se sentían aquellos infelices bajo su sombra.
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¡Pobres mujeres! La viejecita Spies, la madre del periodista, estaba en su rincón, mirando como quien no quiere ver. Allí su hermana joven. Allí la novia lozana de uno de los presos. Allí la mujer de Schwab, desdichada y seca criatura, el cuerpo como roído, de rostro térreo y manos angulosas, extraña en el vestir, los ojos vagos y ansiosos, como de quien viviese en compañía de un duende; Schwab es así; desgarbado, repulsivo, de funesta apariencia; la mirada caída bajo los espejuelos, la barba silvestre, el pelo en rebeldía, la frente no sin luz, el conjunto como de criatura subterránea.
Allí la mulata de Parsons, implacable e inteligente como él, que no pestañea en los mayores aprietos, que habla con feroz energía en las juntas públicas, que no se desmaya como las demás, que no mueve un músculo del rostro cuando oye la sentencia fiera. Los noticieros de los diarios se le acercan, mas para tener que decir que para consolarla. Ella aprieta el rostro contra su puño cerrado.
No mira, no responde; se le nota en el puño un temblor creciente; se pone de pie de súbito, aparta con un ademán a los que la rodean, y va a hablar de la apelación con su cuñado.
La viejecita ha caído en tierra, a la novia infeliz se la llevan en brazos. Parsons se entretenía, mientras leían el veredicto, en imitar con los cordones de una cortina que tenía cerca el nudo de la horca, y en echarlo por fuera de la ventana, para que lo viese la muchedumbre de la plaza.
En la plaza, llena desde el alba de tantos policías como concurrentes, hubo gran conmoción cuando se vio salir del tribunal, como si fuera montado en un relámpago, al cronista de un diario, - el primero de todos -. Volaba. Pedía por merced que no le detuviesen. Saltó al carruaje que lo estaba esperando.
- ¿Cuál es, cuál es el veredicto? – voceaban por todas partes. - ¡Culpables! – dijo, ya en marcha. Un hurrah, triste hurrah llenó la plaza. Y cuando salió el juez, lo saludaron


FUENTE:      “LITERATURA Y PERIODISMO”
                        CANTARO EDITORES 
                        ENERO 1998
                        Pág.: 50 à 55 















miércoles, 17 de febrero de 2016

ACERCA DE LA LUNA

ACERCA DE LA LUNA

Por: Daniel Miguel Forte
        14/02/16     



Desde aquí se presenta hermosa, misteriosa y cautivante. Su rostro tetrafacético enamora y obnubila. Puede no estar, puede estar a medias amenazando dejarnos o por el contrario, prometiendo volverse esplendida y redonda por un tiempo, para después desaparecer.

Luna, Selene, Levaná, Cinthia y otros tantos nombres que los hombres le han dado, conmovidos por la mentira de su esplendor y engañados por la poesía que ellos mismos inventaron, definen a esta roca que en la realidad, es un mundo gris, frío, sin vida y cribado de cicatrices; un mundo metódico, regular, sistemático, sin voluntad y que en su derrotero, siempre, absolutamente siempre, cumple escrupulosamente con su órbita y por sobre todo; oculta su lado oscuro.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

DOS ESTRELLAS FUGACES ( Un cuento de Navidad)

DOS ESTRELLAS FUGACES
Un cuento de Navidad

 Daniel M Forte
     01/04/11
Veinticuatro de diciembre; casi las doce en estas latitudes. Noche de paz, noche de amor.
Una persistente y fría llovizna azota de a ratos aquel agujero cavado en esa tierra arcillosa; el improvisado techo de troncos y lona embreada gotea en varios lugares y convierte al suelo en una pasta pegajosa. Un fogón irradia su tibieza y hace brillar las pupilas de los seis soldados sentados en círculo a su alrededor. Están felices, les han dado vino y chocolate, tienen carne en conserva, pan fresco y esa felicidad colectiva que se mezcla con las tristezas personales emergentes del recuerdo. Allí están, sintetizados en su condición de carne de la guerra, el estudiante, que opera los controles de la batería, aquel que alguna vez para esta fecha destrozando el papel del envoltorio recibió ese trencito a pilas y el campesino, que no recuerda regalo alguno pero añora la chacra, las vacas y los amaneceres del campo. Cada tanto, alguno abre su lata y come en silencio acompañando el bocado con un trago de vino, luego vuelve la vista nuevamente al hipnótico fuego.
Afuera, el viento sacude la lona que tapa el cañón antiaéreo; hay tregua, es lo que dijeron, hoy su boca redonda amordazada no rugirá escupiendo sus mortales luciérnagas; mas allá, la lluvia castiga toda esa devastada geografía oscura y profunda en donde los bosques circundantes apenas se perfilan en el horizonte.

¡No vaya a chocar con Santa Claus!, ¡buena suerte!, fue lo último que escuchó por la radio; chiste fácil y estúpido, pero no culpaba a aquel operador; el también estaba allí en Nochebuena lejos de los suyos. La luna, en toda su redondez brillaba en lo alto desparramando su tenue luminosidad dentro de la carlinga. Volaba por sobre esa espesa capa de nubes a velocidad de crucero, llegado el momento bajaría a ras del suelo y una vez identificado el blanco soltaría el misil. Mientras tanto, esperar.
Frente a el, como hecho a medida, un pequeño rectángulo en el panel, libre de instrumentos, exhibía pegada una fotografía desde donde una mujer rubia, vestida con un corto pantaloncito y con una niña en brazos le sonreía.
Uno de los soldados se puso de pie dejando sobre el piso la botella de vino; estiró su cuerpo y sintió crujir los huesos; algunos levantaron en silencio la mirada y volvieron a sus voces interiores. El soldado se ajustó el capote, cubrió su cabeza y salió; el chapoteo de sus pasos resonó en el refugio. Ya afuera, aportando sus aguas al terreno y sintiendo la llovizna empaparle la cara, miró el cañón tapado con la lona que se sacudía como un patético espantapájaros y sintió que toda esa noche era una gran mentira, nada de paz, nada de amor, nada de alegría; hasta la posición era solo un señuelo; las verdaderas baterías antiaéreas estaban ocultas en los bosques. ¿Sería acaso la tregua de la que hablaron también una mentira? Miró al cielo y sintió frío, pesadamente volvió a su lugar junto al fogón y se bebió de un trago el vino que aún quedaba en la botella.

El localizador alertó con su grave sonido al piloto; llegó por fin el momento del descenso.
Empujó con suavidad hacia adelante la palanca y el pájaro de duraluminio se introdujo entre las nubes, primero una lechosidad dorada lo envolvió, luego la oscuridad total y las gotas de lluvia dibujando líneas rectas verdosas y fosforescentes por efecto de la luz del instrumental en el vidrio de la cabina. Por costumbre miró hacia abajo y pensó que en guerras pasadas, cuando los aviones no eran más que tres maderas cruzadas, la vida se exhibía en un honorable romanticismo; los sentidos y la destreza del piloto lo eran todo; se veía cara a cara al enemigo. Ahora, bajo su nave todo era oscuridad, sus oídos, sus ojos y hasta su intuición se subordinaban al instrumental, el enemigo quedaba reducido al termino “objetivo”, como si despersonalizándolo se diluyera el simple hecho de matar.
En el refugio, el pesado silencio se parte de a ratos por el crujir de los maderos del fogón, cuya luz rojo amarillenta proyecta en las paredes sombras alargadas y oscilantes como negros espectros danzarines. En uno de los rincones, la verdosa pantalla del radar gira su monótono haz. Alguien, como respondiendo a una melodía interior empieza a cantar en voz muy baja; otro lo sigue desafinando y palmeándole el hombro; un tercero levanta la mano empuñado su botella de vino, copia el ritmo y en el vaivén el líquido despide destellos ambarinos. Ahora todos cantan a voz en cuello. 
Una seguidilla de beeps y el rectángulo sobre un punto luminoso en la pantalla. No necesita pensar, sus manos actúan por cuenta propia en la maniobra tantas veces repetida mientras los ojos se detienen en el pantaloncito que viste la mujer de la foto y una sucesión de imágenes lo asalta desde la memoria.
La panza del avión se ilumina y despide al misil que ya vuela hacia su objetivo dejando una estela tras de sí, como patético remedo de aquella estrella que siglos atrás guiara a los magos de oriente. 
Los soldados se animan; miran la hora, se abrazan, descorchan botellas de vino y comen chocolate. Desde el silencio de la noche llega el eco de lejanas campanadas. Sus sentidos, hundidos en el frenesí del festejo no ven esa extraña luz, como bengala, que parte súbitamente desde el lejano bosque y hacia el cielo. 
La alarma sacudió el aburrimiento del piloto y su corazón inició un galope incontrolable;
 - ¡no puede ser! – dijo en voz alta mientras giraba su cabeza mirando hacia aquella oscura vastedad. El espejo retrovisor proyectó un punto luminoso que no admitía dudas; un lebrel electromecánico siguiendo el calor de sus turbinas volaba hacia él para matarlo.
En la noche, lluviosa, fría e impenetrable se destacaron dos estelas de luz, dos estrellas fugaces llevando el mismo presente navideño; una hacia el refugio y otra hacia el avión cumplen el mandato de sus amos estampado en sus cerebros electrónicos y concentrado en un solo concepto. Matar. 
Los soldados se abrazan y  todos sus deseos particulares se expresan en una sola palabra ¡paz!; ¡paz! repiten como un conjuro interpretado en sus anhelos de volver a la chacra, a la universidad, al taller, a la tibia y palpitante piel de la mujer, a los hijos, a los amigos, a la madre, a la vida. 
 Una gota de sudor entró en su ojo. De un tirón se arrancó la mascara de oxígeno mientras que aferrado a la palanca y acelerando al máximo intentaba el giro salvador.
La máquina tembló con las alas perpendiculares a la tierra, sintió el efecto de la aceleración en la forma de una insoportable presión en el pecho y un agudo silbido interior; su vista se nubló y creyó ver que la mujer de la foto caía de rodillas profiriendo un alarido de desesperación. 

Son las doce en punto en estas latitudes; en los pueblos aledaños la gente se abraza, recuerda a los ausentes y disfrutan la presencia de los seres queridos. Las bebidas desbordan las copas, los niños juegan esperando sus regalos. Dos estrellas fugaces cumplen su misión, así en la tierra como en el cielo. Dos estruendosas y simultáneas explosiones coronan el momento iluminando esa realidad. Es el veinticuatro de diciembre, son las doce, noche de paz, noche de amor.

viernes, 23 de octubre de 2015

ME SORPRENDIÓ

ME SORPRENDIÓ

Por Daniel M Forte
24/07/12

Finalista del concurso de relato breve " Osvaldo Soriano" 2015. Facultad de Periodismo de la
Universidad Nacional de La Plata.
Publicado en la antología PULSIONES I de Editorial Dunken.



Si, ese viejo me sorprendió.
Era un viejo común, como todos los viejos, no se que detalle hizo que reparara en él hoy por la mañana, ¿sus ojos?, puede ser. Su mirada explicitaba esa ausencia melancólica que viene con los años, una profunda indiferencia emanaba desde esas dos pupilas y llegaba hasta mi para provocar la pregunta, la íntima pregunta de saber que imágenes desgastaron a tal punto su mirada, que siluetas se quedaron presentes en las retinas y en los recuerdos al punto de percibir que se escapaba hacia ellas perdiéndose en el vacío. ¿Porque los viejos miran así?, ¿es acaso la certeza del fin y su posterior aceptación la que los transporta hacia tanta indiferencia?, ¿o la experiencia actúa encalleciendo el alma?
La suma aritmética de los días vividos, lo que llamamos vida, con sus vivencias, sus alegrías, sus penas, sus éxitos, sus fracasos, sus perdidas, y todas las ausencias añoradas, llenan la memoria de una pesada carga que, paradójicamente, se percibe como vacío, un gran vacío que los atornilla en el pasado, como si necesitaran de aquellos fragmentos diminutos de existencia para soportar el peso de un presente sin perspectiva.
Los viejos son indiferentes porque habitan otro mundo, otra realidad, como aquellos mundos paralelos de Dirac; cohabitan el presente pero son puro pasado en donde los huesos no dolían, el corazón latía a plena potencia y soñar estaba permitido por la naturaleza.
Pero la realidad se impone, siempre se impone y los eyecta de las tierras de la evocación en el instante en que recuerdan a alguien y caen en la cuenta de que ya no está, como ese, o como aquel otro; son muchos los que se fueron hace un rato nomás, ayer mismo, “hace un instante”, resulta ser décadas que pasaron volando.
La vejez es el momento de la vida en que vencen todas las facturas y hay que pagarlas, casi siempre con dolor, con amargura, con abandono y hasta con desprecio; por eso los viejos se juntan, como si necesitaran soportar colectivamente tanta pena individual; pero algunos, tal vez con mas suerte pierden la lucidez y en su limbo personal ya no sufren, o lo que es casi lo mismo, nadie percibe si sufren.
Ese viejo me sorprendió porque en él vi toda la caducidad de la vida, sintetizada y contundente, áspera como su piel injuriada por los años y arrugada por la existencia. No le dije nada, no cruzamos palabra, ¿para que?, su sola presencia me lo decía todo, allí, mirándome fijo y silencioso esta mañana.

Desde el espejo del botiquín del baño.

viernes, 16 de octubre de 2015

TRADICIONES.

TRADICIONES

Daniel M Forte
09/11/10

Un grueso bibliorato se deja hojear en manos de Sandra, es de tapa dura y forrado en papel azul araña con los bordes gastados por los años de pasar de mano en mano; tras ella, cuatro muchachos clavan sus miradas en las hojas, relatos mecanografiados, fotos en blanco y negro, fotos polaroid, fotos en color, y fotos digitales. Frente a ellos del otro lado de la modesta mesa del departamento que alquilan los cinco, una chica espera a que terminen.

-       Ustedes fueron elegidos por la hermandad para continuar con la tradición.

Sandra levanta la vista,

-       Así que este era el gran secreto del que nos hablaron desde primer año.

-       Así es, como verán, cada año es más difícil, porque debe ser inédito, secreto e incruento y sobre todo, debe estar documentado.

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Primer día de clase, un primer día más en los veinte años de docencia de la profesora que entra al curso; para los alumnos, el primer día del último año en el profesorado.
No son más de quince; la deserción hizo lo suyo. El aula está en el último piso y al fondo de un largo pasillo; huele a pintura fresca y es la única habilitada; las demás están en obra y no fueron terminadas a tiempo; cuarto año reina solo en la cúspide del edificio.

-       Mi nombre es Luna Wein

Lo de siempre; escribe su nombre y dirección de mail en el pizarrón y hace un recorrido por su currículum; los alumnos toman notas sentados en esas flamantes sillas con repisa incorporada; todo es nuevo esta vez para ejercer la vieja rutina.
Es un día de calor, en la primera fila y al centro Sandra cruza las piernas y baja, como si fuera posible, su minifalda en un ademán más reflejo que efectivo. La profesora se pone de frente a la clase y hace un paneo por sus actuales discípulos con el ojo que la experiencia entrenó a lo largo e muchos años, va colocando mentalmente a cada uno en sus secretas categorías; ese, el de pelo con gel seguro es el bufón del curso, aquel otro, el que toma apuntes y subraya en colores, el traga que ahora llaman nerd, el de la melena atada y cola de caballo el hipposo indiferente, y esta otra, la linda del curso, si algo no le sale, ya va a encontrar quien lo haga por ella, porque con esa mini los chicos orbitarán a su alrededor como moscas a la miel.
Los ojos de la profesora se detienen un instante en ella, si, es muy linda; de la pollerita emergen dos piernas talladas en el gimnasio, blancas y suaves al tacto imaginó la profe, una blusita blanca delata dos simpáticos botones a cada lado del pecho, - se vino sin corpiño- pensó y un extraño escalofrío la estremeció; al levantar los ojos se cruzaron sus miradas; la chica sonrió como si adivinara. La profesora continuó con la clase.
Pasan los días y algo extraño sucede dentro de Luna, cada vez ansía mas que llegue el martes y luego el jueves, los días en que da clase en cuarto año; la semana se sintetiza en solo dos días, martes y jueves y otra vez, ese lejano martes hacia donde transita por un viejo y conocido camino de soledad; llega al profesorado y su corazón late; es jueves pero en el curso no esta ella y a la profunda angustia le sobreviene una furia demencial. Ese jueves la clase fue una tortura.
Dos meses trascurren desde aquel primer día, es martes, es época de exámenes y muchos han faltado, no importa, ella, Sandra, está ahí con su inseparable minifalda. La profesora reparte los temas, las hojas en blanco comienzan a llenarse de palabras; Sandra está pensativa chupando graciosamente su birome; llama a su profesora y la consulta, Luna se acerca y observa la hoja, sus rostros están a cinco centímetros, aroma a menta y a mujer invaden los pulmones de la profesora que contesta la pregunta y se incorpora.
Uno a uno, los que finalizan entregan sus exámenes colocándolos en una pila sobre el escritorio en cuya silla la profesora sentada empieza a corregirlos, luego se van y sus pasos resuenan en el pasillo. El penúltimo entrega la hoja y se va, quedan solas y en silencio; Sandra escribe y Luna corrige los exámenes sin poder concentrarse; Sandra se levanta y coloca la hoja en la pila, lleva su mano derecha a una de sus nalgas y hace un gesto de dolor; Luna levanta la vista.
 
-       ¿Qué te pasa?

-       Creo que me clavé una astilla,  acá, me pincha

El corazón de Luna empieza a galopar, siente que le tiemblan las manos. Sandra se levanta la mini y muestra el glúteo, lleva una bombachita que apenas es una minúscula tirita en la parte posterior; haciendo puchero pone voz de nena.

-       ¡Me hice pupa!

Luna sonríe y acerca la cara a la zona.

-       No veo nada

-       Es que acá hay poca luz profe, tal vez ( y girando la cabeza la miró a los ojos), si vamos al baño pueda ver algo.

El baño de mujeres estaba al lado del aula, el pasillo lucía desierto, un hondo silencio reinaba en ese último piso.
Sandra entró al baño y en un movimiento preciso se quitó la mini y la bombachita.

-       Para que vea mejor

Se puso de espaldas y apoyó los brazos, muy abiertos y extendidos, en la pared azulejada; separó las piernas y levantó los glúteos.

-       Fíjese si ve algo

Luna rozó con el reverso de la mano una de sus nalgas, Sandra se estremeció.

-       ¿Es acá?

-       No, no,  mas abajo

La palma de la mano acaricio suavemente la entrepierna

-       ¿Es acá?

Sandra, con su respiración acelerada apenas susurró.

-       Mas adentro

Un experto dedo se posó sobre el clítoris e hizo una leve presión al que acompañó un gemido ahogado y contenido;  Sandra se puso de frente y dio un fuerte, húmedo, profundo y salvaje beso. Luna desabrochó su camisa y se levantó el corpiño; se abrazaron, y sin dejar de besarse se recorrieron suave y despacio hasta terminar casi al mismo tiempo tragándose el grito que merecía ese momento.

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Luna mira por enésima vez la hora y pide otro café, faltan quince minutos que sabe serán eternos. La primera cita.
El bar, típico bar de trampas esta débilmente iluminado en tono rojizo, es sábado y está casi vacío, tal vez porque el pecado sale después de medianoche; Luna revuelve impaciente el café y espera, espera hasta que un - ¡hola! -  la saca de sus cavilaciones y un fugaz beso en los labios la vuelve a la vida. Sandra se sienta a su lado; hoy está maquillada, viste calzas negras y botas de taco alto con un top del mismo color que deja sus hombros al descubierto, pide un café y toma la mano de Luna, la besa suavemente sin dejar de mirarla.
Las dos mujeres charlan, se ríen, disimuladamente se acarician, se desean, quedan en silencio mirándose.

-       Mi casa está cerca, alquilo con cuatro chicos mas, ¿vamos?

Luna duda, pero no hay salida; a su casa no puede llevarla y la chica es menor de edad, ni pensar en un telo, pero ir a la de Sandra, con esos chicos que también son sus alumnos le parece arriesgado. Sandra la toma de la mano.


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Los chicos estaban jugando al truco y tomando mate; Sandra apareció por la puerta de entrada seguida tímidamente por Luna. El saludo fue unánime.

-       ¡Hola Profe!, ¡hola Sandy!

Al rato los seis estaban alrededor de la mesa riendo, tomando mate y fumando un porro que pasaba de mano en mano. Luna flotaba en el aire, se sentía bien, hacía mucho que no se sentía así; liviana, alegre, despreocupada.
Sandra fue hasta el rincón donde reposaba el equipo de música, puso un compaq y empezó a bailar, los chicos la miraban, se reían, aplaudían.
Alguien de la cocina trajo vasos y tres botellas de vino; Luna bebía y fumaba mientras Sandra, con dificultad se sacaba las botas y las calzas negras. Más sensualmente le toco el turno al top de ser arrojado a un rincón en medio de la algarabía del grupo; las pequeñas y turgentes tetas se movían al compás de la música; Sandra bailaba y se acariciaba, fue hasta donde Luna y la beso, la tomó por ambas manos; ahora las dos mujeres bailaban y el grupo deliró. Una a una fueron cayendo al piso las ropas de Luna que flotaba en un cielo de bienestar surcado por los destellos de las cámaras de fotos; Sandra jugaba con su bombachita rozando el cuerpo desnudo de su profesora la que de pronto sintió como dos brazos la levantaban; todo giró a su alrededor y apenas tuvo conciencia de estar en una cama con dos de los chicos que la acariciaban. Un relámpago de realidad la atravesó al sentir la arremetida, de lo que ocurrió después, solo quedó un difuso registro en su memoria.

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El mes de noviembre vino con calores prematuros; es martes y Luna sube ágilmente las escaleras del profesorado; siempre vistió sobriamente y lo sigue haciendo, pero ahora se nota un toque de sensualidad expresada en algo de maquillaje, la pollera un poco mas corta, la blusa ligeramente mas escotada y sobre todo, esa expresión de felicidad en el rostro. Desde hace meses, la semana incorporó otro día al martes y al jueves; el sábado, cuando se encuentra con Sandra.
Hoy es fecha de entrega de trabajos prácticos, lástima, este año tan hermoso se extingue, fue un buen año, lindo, intenso.
La profesora, sentada en la silla del escritorio recibe los trabajos; los que entregan se van; de pronto se da cuenta que en el aula solo quedan Sandra y los cuatro chicos; los cinco avanzan hacia ella y entregan sus hojas; Sandra acaricia una de sus manos y se vuelve hacia los chicos.

-       ¡Hagamos una travesura!

Se incorpora y va hacia la puerta.

-       Yo aviso si viene alguien

Uno de los chicos saca a Luna de la silla y la besa, ella intenta resistirse pero se ríe

-       No, por favor, es muy arriesgado.

Los chicos, muy excitados, no entienden razones; en un santiamén la profesora solo queda ataviada con un par de sandalias negras de taco alto; su ropa yace a su alrededor.
Sandra se asoma al pasillo y retorna a la escena, ríe divertida.

-       ¡Linda fiestita de fin de curso!

Los chicos alzan a Luna y la depositan boca abajo sobre el borde del escritorio; queda con sus brazos apoyados sobre las palmas de las manos, la cabeza erguida, la cola levantada y las piernas derechas y ligeramente abiertas.
Uno de los chicos saca del bolsillo del pantalón un pote de vaselina; esto no es espontáneo, fue planificado; diestramente le lubrica el ano y Luna se estremece; luego la penetra; termina rápido y deja lugar al segundo, este al tercero y luego el cuarto. Luna queda exhausta y satisfecha, volviendo en si se da cuenta de donde está y busca su ropa; no está, la tiene Sandra en sus manos.

-       Te la dejo en la primer aula, la de la izquierda.

Sandra desaparece y los chicos detrás de ella; la Profe queda desnuda en el aula pero no tiene opción, llega hasta la puerta y se asoma, nadie en el pasillo; al aula en cuestión hay mas o menos quince metros, deberá correr por el pasillo rogando que ningún ordenanza, o alguien suba y la vea; la adrenalina la invade, descubre que lo está disfrutando.
Los pasos rápidos resuenan en la madera del piso, falta poco; del fondo del pasillo se asoma uno de los chicos, lleva una cámara y saca varias fotos.

-       ¡Rápido que viene el Rector!

Luna corre y se mete en el aula, su ropa no está ahí, el chico se asoma por la puerta y saca mas fotos.

-       Es en la otra,  ¡dale apuráte!

Cruza a la otra aula sobre cuyo escritorio está su ropa; se viste rápido mientras los destellos del flash no dejan de repetirse. Lo del Rector era mentira.

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En un extremo de la mesa del departamento que alquila, Sandra observa a sus interlocutores; cuatro chicos y una chica, la que hojea una gruesa carpeta forrada en papel araña con los cantos blanquecinos por los años de pasar de mano en mano

-       Ustedes fueron elegidos por la hermandad para continuar con la tradición.

La chica levanta la vista.


-       Así que este era el gran secreto del que nos hablaron desde primer año.

-       Así es, como verán, cada año es más difícil, porque debe ser inédito, secreto e incruento y sobre todo, debe estar documentado.

-       Entonces, todas esas tareas, las reuniones secretas y las ceremonias se reducían a esto, ¡cogerse a la Wien!

-       Exácto, todo empezó hace muchos años, ella era jovencita y tuvo un romance con un alumno, el fundador de la hermandad; le pareció divertido dejar documentada su aventura y así la cosa se fue desarrollando. Pero para que la obra perdurara, había que preservar el secreto, sobre todo porque la tipa es una buena mina y si esto sale a la luz le cagamos la vida; así que desde primer año vamos seleccionando a los posibles candidatos; la idea es regalarle la carpeta el día que se jubile o se vaya del profesorado y entonces, deberemos buscarnos otra tarea, porque el profesorado no puede existir sin tradiciones.