Entrevista realizada por el
escritor y periodista argentino
ARMANDO ALMADA ROCHE en el
hotel Guaraní, Asunción del Paraguay
el 1º de septiembre de 1991
Augusto
Roa Bastos, el gran ausente en los festejos
del
regreso de los restos de Asunción Flores*
Lo importante en un hombre de la
impetuosa madurez de Augusto Roa Bastos es saber que se vive tanteando en la
penumbra. Que se descubre un claro aquí, un recodo allá, pero que se desemboca
en la gran explanada luminosa después de haberse herido en todas las zarzas.
Los precoces son como las rosas: perfuman y pasan.
Stendhal, Dostoievsky, Pirandello realizaron
su obra después de los cuarenta años. Nada digamos de Goethe, que escribió el
segundo Fausto traspuestos los ochenta. Su obra pervive como el mar, renovada e
inmutable, a través del tiempo. Fueron cruzados por la vida. Lo mejor de sus
potencias se manifestó no en la hora trémula de las iniciaciones sino en sus
topes.
Roa Bastos, no fue nunca un impaciente. Él sabía como pocos que la facilidad cae de
bruces irreparablemente en la infelicidad, en el hastío. Pudo cortar las
amarras a la vanidad de estar todos los días sobre el podio. Intuía que el
arte—en su caso la literatura—debía ser como un rostro que ha llorado. “La
adolescencia puede ser punzada por angustias precoces. Pero la vida será quien
nos inflija su camino irreparable. Con el grito que ahogamos en nuestras
gargantas haremos, quizá, lo mejor de nuestra obra”, nos decía.
Y agregaba:
“Los hombres de verdad enjugan sus lágrimas y
vuelven a lanzarse al combate. Por eso las mujeres realizan lo mejor de su obra
en la juventud y los hombres en la madurez. A las mujeres se les brinda más
pronto la experiencia del amor y cierran así el ciclo de sus adquisiciones. Los
hombres se ven solicitados por la sociedad y la naturaleza, heridos por lo
contingente y por lo que Unamuno llamó de manera definitiva “el sentimiento
trágico de la vida”.
“Día a día la existencia del escritor, del
artista, se convierte en un monólogo huraño. Quiero decirles a los más jóvenes
la suprema necesidad de esperar. Hay que superar ese período en que se siente
que vamos a balbucear la palabra luminosa que no llegaremos a decir sino mucho después. Y prepararnos viviendo,
sufriendo…
“La posteridad no mira hacia atrás. Todo lo
que puede ser debe realizarse. Pero realizarse a expensas de todos los
sacrificios y, en primer término, los de la impaciencia, los de la vanidad
apremiante”. Roa Bastos sabía cómo el que más que está ligado a un deber. Serán
pocos los años de una vida, por larga que sea, para cumplir con él. Aconsejaba:
“El escritor joven no tiene que apresurarse ni
entregarse a las aguas engañadoras de la improvisación. El almendro da
frutos precoces pero amargos. La humedad corroe el hierro”.
Augusto Roa Bastos no era pues un escritor
prematuro o en franco retiro sino un predestinado. En una palabra: un escritor
nato. Su vocación habrá atravesado todos
los avatares, pero su destino estaba marcado: tendrá que escribir. Toscanini
pudo ser el primer violinista de su tiempo, un compositor excepcional. Sin
embargo el destino lo había señalado. Y a los diecinueve años se reveló
director todopoderoso que fue avasallando a las multitudes por más de medio
siglo.
La más bella de las parábolas de Rodó la
escribió viendo jugar a un niño. Roa Bastos, era también un niño que jugaba.
Pero su juego tenía un sentido, un destino. Cuidado con interrumpirlo. Desde su
mesa de trabajo cuando Roa escribía todo asumía la apariencia de una liturgia.
El juego se ha hecho sagrado. Ya no era el niño que se divierte sino el hombre
que crea con fervor dionisíaco.
Nos encontramos con Augusto Roa Bastos en un
rincón del Hotel Guaraní, a las diez y media de la mañana. Ni bien nos
acomodamos, va la primera pregunta:
-Hablemos
de la “libertad que hoy reina en el Paraguay”. ¿Qué te pareció la actuación de
Andrés Rodríguez? ¿Te lo habrías imaginado al socio, al consuegro de
Stroessner, entregándole la Gran Cruz ,
la condecoración póstuma, al hijo de Asunción Flores, y a vos cuando te
concedieron la Orden Nacional
al Mérito en 1990?
-Me parece bien.
-¿Te
parece bien? Él estuvo con la cúpula de Stroessner que condenó a Flores a un
exilio perpetuo, igual que a vos. ¿Estás de acuerdo?
-No tergiverses mis palabras. No estoy de
acuerdo en un ciento por ciento, desde luego, si mi respuesta te satisface. La
condecoración formó, o forma parte de las “reglas del juego”. Es un juego
político. Además yo abogo, desde que llegué, como muchos paraguayos por la
reconstrucción que todos aspiramos. Nuestro país se merece un destino mejor,
para que reine la paz, el progreso y los jóvenes—principalmente—tengan un
brillante porvenir.
-No me
vas a decir, como dicten muchos, Rodríguez trajo la democracia, y que por eso
debe perdonársele haber sido cómplice de los crímenes cometidos por Stroessner,
que quitaba y ponía la ley a su antojo, y mandaba asesinar a cientos de
miles de opositores que eran enterrados
vivos, luego de salvajes sesiones de torturas, o arrojados desde los aviones
del ejército sobre lo más espeso de las selvas. Por ejemplo, Sila Godoy, tu
amigo, a quien entrevisté ahora varias veces, no está de acuerdo con esta
democracia “traída de los pelos”.

-¿Por
qué no habló antes y por qué lo hace ahora?
-Me extraña tu pregunta. Si no habló antes
habrá callado por su familia, por sus hijos. Él, en la época de Stroessner
vivía aquí, sus hijos vivían y trabajaban aquí. Seguramente en la entrevista
que le hiciste te habrá explicado los motivos. A Sila lo respetaban porque es
un artista de fama internacional, no hubiese sido conveniente para el
gobierno—llegado el caso—“tocarlo” tan fácilmente como a otros infelices.
Además, Sila Godoy es un hombre sumamente inteligente que supo “caminar sobre
huevos”, como se dice en la jerga popular. Otra cosa fundamental, él nunca se
metió en política. Siempre se mantuvo al margen.
-¿Y tu
caso?
-¿Comparado con el de Sila?... Mi caso es muy
distinto.
-A vos
te echaron de Asunción, en el ´82, te tiraron en Clorinda sin plata ni papeles,
cuando viniste para anotarlo a Francisco, tu hijo pequeño, y en ese momento
estaba Andrés Rodríguez.
-Sí; de acuerdo. Las cosas no son como las
vemos y sentimos. No hay engaño en el engaño sino verdad que desea ocultar su
nombre. Es imposible comunicar la sensación de una época determinada de nuestra
propia existencia; eso que constituye la esencia sutil y penetrante de una
experiencia humana, acaso por aquello de que el recuerdo del pasado es todo el
futuro que nos queda. No somos más que el recuerdo de necesidades perdidas; de
momentos irrecuperables, de lo que fuimos y ya no somos. Yo ya superé todos
esos atropellos porque apuesto al futuro, amén del panorama negativo que reina
en el Paraguay. Me importa el futuro de los jóvenes, de los campesinos, de las
mujeres paraguayas, que nuestra tierra salga del marasmo en la cual estuvo
metido por décadas. Por eso me callo y no paso facturas y me callo de las
atrocidades cometidas en el pasado.

-Vaya pregunta. Claro que esos nombres me
dicen mucho. Tanto es así que a dichos personajes—te doy la primicia—los puse
en mi novela “Contravida”, que va a salir dentro de poco. Pero no se puede
vivir revolviendo el pasado.
-¿El
pueblo paraguayo debe olvidar todo lo que hicieron estos personajes, no tiene
que tener memoria?
-En el Paraguay nadie piensa en la memoria,
salvo honrosas excepciones. Menos aún en el ayer. Debemos vivir el presente,
pero, claro, sin olvidar el pasado. La “puesta en escena” del gobierno, según
tu teoría, es la zanahoria colgada delante del hocico del jamelgo. El Paraguay
es, quieras o no, hasta ahora no más que el feto de la democracia pateada por
la bota de un militar. Sin embargo la democracia está aquí, al alcance de las
manos. El giro circular del tiempo transcurre a contratiempo.
Es en el tiempo donde se configura la
fisonomía cambiante de los continentes, la oscilación hipnótica de los mares y
la respiración amenazada de las selvas. Es en el tiempo en donde se distinguen
las diferencias que unen y asemejan a todos los humanos y en donde se
desenvuelven las amenazadas vidas de los animales. Es en el tiempo en donde se
proyectan los calores de una choza sencilla y las torres de un palacio
renacentista; el dibujo de un bisonte en una cueva y el rostro perfecto de un
arcángel en una bóveda; el grito enfurecido de una batalla o un parto y las
palabras transmitidas de boca en boca o los párrafos inconclusos de una
leyenda.
Son territorios del tiempo la memoria y la
amnesia, la imaginación y los viajes, todos los silencios que caben en un poema
y toda la multiplicación de los tiempos que emanan de la palabra narrada.
Tiempo conversado que paraliza lo cotidiano; tiempo escrito que evoca todos los
tiempos pasados, influye los tiempos de lectura y convoca los desconocidos
tiempos por venir; tiempo vivido, ronda de décadas y herencia de generaciones,
escenario de hechos y de anécdotas, transcurso personal.
En estos casos, creo yo, no sirve de mucho
recordar. El pasado remonta sobre sí mismo y da al ánima, a la memoria, incluso
al estado cadavérico del cuerpo, la menguada ilusión de una resurrección.
-¿Esta
democracia que se vive hoy es sólo una ilusión?
-Te voy a contestar con metáforas a ver si
sos capaz de descifrarlas. Por ejemplo, en las entrañas del oro siempre hay
fuego. El oro mismo es fuego. El fuego está en todas partes.
-Roa,
hablemos en serio. No te escapes por la tangente.
-Los hombres somos bestiales. Somos
tenebrosos comedores de carne humana. En el Paraguay siempre se respiró un olor
de impureza y catástrofe. Las riendas del país siempre estuvo en manos de
dictadores, y el pueblo paraguayo le obedecían como a su patrón absoluto. El
paraguayo es una especie de forzado con sus duelos y quebrantos. Sin embargo,
lo imposible no existe. Lo imposible no es sino la cadena de posibles que no ha
de cumplirse todavía.
-El
Paraguay tiene que salir de una vez por todas del marasmo, del karuguá en que
vive hoy. Los paraguayos tienen fe de salir, pero más que fe parece un delirio.

-Según
tus palabras, todos los que suben, los que toman el poder, piensan únicamente
en robar, en acumular oro y más oro; es un modo de decir.
-Vuelvo a citar a mi tío el obispo. El oro es
excelentísimo. Del oro se hace tesoro y quien lo tiene hace con él cuanto
quiere en el mundo, decía. Ahora, esta gente codiciosa que pelea por el poder,
por el oro, sólo sueña con caer ávidamente sobre el oro del Estado. Bueno es
dar a Dios lo suyo y a César lo que le pertenece, pero dar lo ajeno a esta
contragente de políticos codiciosos es harto riesgo para el orden que debe reinar en
nuestro país.
El Paraguay es de la cruel realidad y de la
eterna imaginación, de la pobreza, noticia y novela, aislado e integrado al
mundo, “gracias” a sus políticos, fundamentalistas y podríamos decir
globalizados. Hablo de mi país, igual que lo he descrito en mis novelas, en mis
personajes y en mis historias que no son la Historia sino la imaginación del Paraguay más
íntimo y del más distante. Como muestro en mis escritos, repito, que el cristal
que nos divide a los paraguayos es también una ventana que nos une en más de un
sentido.
-Podés
hablar así gracias a tu experiencia y sabiduría.
-¿En qué se basa la ciencia sino en las
lecciones de la experiencia? Y la sabiduría ¿no es acaso toda la memoria de la
experiencia humana? Si la memoria no fuera comunicable, el olvido y la
ignorancia juntarían su oscuridad. Los libros de novelistas y poetas describen
por signos y figuras de la muerte la realidad que la tinta paraliza y
desfigura. Siempre dicen algo distinto de lo que dicen.
-A esta
altura de tu vida te podés considerar un sabio. ¿Cuántos libros leíste en tu
vida? ¿Sos tal vez de aquellos lectores que gustan subrayar sus libros?
-Decís bien. Acertaste. Los libros de mi
biblioteca (en especial los que dejé desparramados en Buenos Aires en distintas
casas) están llenos de citas y subrayados y apostillas que delatan al indocto autodidacta,
que soy yo. En cuanto a tu pregunta de si cuántos libros he leído en mi vida,
no lo sé realmente. Creo que muchos…
-Me
parece que pecás acaso excesivamente de discreto.
-Peco quizás de la discreción de los que
callan sabiendo el secreto, por así decirlo, se vuelve más impenetrable que el
secreto mismo. Estoy lleno de sabiduría, según vos, y no sé nada.
-Mirá
Augusto, que pasaste las mil y unas. Durante tu exilio en Buenos Aires, en los
primeros tiempos, la pasaste mal.
-Hay un dicho que dice que para recibir lo
mejor hay que aguardar lo peor. Dicen que el hombre se convierte en el rey del
tiempo cuando aprende a mirar el peor momento pasado sin preocuparse del
porvenir. Si es el peor no le sucederá otro igual. Lo tengo experimentado. Sólo
que mis malos momentos son tantos que no sé distinguirlos ya los grados del
peor. Recuerdo sí el extranjero, el apátrida que fui en Europa y, lo peor de
todo, en mi propio país.
-Para
mí sos un predestinado, un elegido de Dios.
-En este caso debo considerar las
innumerables vicisitudes a que fui y soy sometido como el camino iniciático de
los elegidos que deben atravesar forzosamente las pruebas de su enriquecimiento
y purificación espiritual antes de llegar al estado de santidad interior, por
así decirlo.
-Echemos
las cuentas justas. Has recibido privilegios y honores, que hicieron de vos el
escritor más famoso del mundo, al lado de García Márquez, Borges y otros
grandes.
-Yo diría que soy un escritor peregrino, una
suerte de “judío errante”, un ser bifronte que mira hacia el pasado y hacia el
porvenir, confundiéndolos a veces. De hecho siempre se confunden.
-¿Y los
dineros que ganaste, y los bienes que tenés?
-Ya
tenés tu obra maestra. ¿Querés algo más maestro que Yo, El Supremo? ¿No te satisface ese libro que es elogiado mundialmente?
Estás lleno de honor y de toda grandeza y más famoso que el Papa de Roma.
-Uno siempre quiere más. El hombre nunca se
conforma. En mi caso quizá sea una manera de pelearle a la muerte… que ya me
está pisando los talones. Me acucia el tiempo. A fuerza de perderlo se vuelve
uno mezquino de su tiempo. Además, a esta altura, la fama me pesa. No tengo
fuerzas para sostenerla.
-Augusto,
hasta ayer tu voluntad era irreductible, infatigable, casi sobrehumana para
escribir todos los libros que escribiste.
-Uno se cansa. La vejez no viene sola.
-Sin
embargo, en tu juventud fuiste un gran devorador de mujeres. Aún hoy las malas
lenguas comentan que seguís con tu
costumbre de caer fácilmente en las tentaciones de la carne. ¿Esas
murmuraciones son mentirosas?
-No diré que más de una vez no haya sucumbido
yo a las tentaciones. Sabido es que el recurso más eficaz para resistirlas y
volverlas inocuas es cediendo a ellas. Con cierta moderación desde luego. Y hay
otro recurso no menos astuto para combatir las tentaciones lascivas: el de
contrastarlas con los frenos de la contención en medio de la propia lujuria,
cediendo a ella pero a la vez abjurando de ella. Un fenómeno de la
concentración en la dispersión, si así puede decirse.
Querido amigo, algo sé del tema, en la más
infinitesimal de las cosas oculta un sexo que sueña el deseo y lo convierte en
realidad; mejor diría, en una deidad entre cuyos muslos palpita la sabiduría
del mundo. Si no pareciera una profanación, diría que Dios mismo ha creado al
universo como un sexo sin fin, cuya fuerza de gravitación es el deseo. El sexo
es el rey del tiempo. En él vivimos y por él morimos. Tanto el hombre como la
mujer están en busca de un orgasmo interminable.
-Estoy
de acuerdo contigo. Freud decía que existen dos fuerzas poderosísimas que
mueven el mundo de los hombres: el sexo y el sentido de ser importante. El sexo
tiene también su lado violento. ¿Se lo puede asociar tal vez con el miedo a la
muerte?
-Sí; creo que tiene algo que ver con el miedo
a la muerte. La naturaleza humana posee asimismo, sin solución de continuidad,
sus colapsos y explosiones de violencia. Es violencia ella misma. Y el día que
la violencia deje de existir será que la especie entera habrá dejado de
existir. La bestia humana, la más civilizada de las fieras, es la bestia del
Apocalipsis. Así será hasta el fin de los tiempos.
(*) José Asunción Flores, músico y
compositor paraguayo creador de la Guaraña, entre ellas India, y otras también muy famosas. Vivió exiliado más de 40 años
en Buenos Aires, en donde murió en 1972. Repatriaron sus restos en 1991, luego
de la caída de Stroessner.
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ARMANDO ALMADA ROCHE
Nació en Formosa, Argentina en 1942; se crió en el Paraguay
y luego se trasladó a Buenos Aires, donde vive actualmente.
Desarrolló una importante labor periodística en diarios como
La Nación, La Prensa, la Opinión, Clarín como así también en las revistas Humor, Gente
y Siete Días de Argentina y La Nación y ABC en Paraguay. Fue también asesor de
la Editorial El Pez del Pez.

Recibió importantes premios como el Primer Premio de Cuentos
de Derechos Humanos, cuyos jurados fueron Juan José Manauta, Beatriz Sarlo, y
José Pablo Feinman.
Entre sus publicaciones, algunas traducidas a varios
idiomas, figuran : José Asunción Flores, Pájaro Musical (biografía) / Herminio
Giménez, Viento del Pueblo / Gabriel Casaccia, Padre de la Novela en el Paraguay
/ Augusto Roa Bastos, La figura de un Genio / Josefina Plá, una Voz Singular /
El Otro Borges & Fani / Instituto Malbrán, Paredón y después / Cuba, Fidel
y Ron / En Algún Lugar del Tiempo / Instituto Nacional de Microbiología Dr.
Carlos G Malbrán, 100 Años de Investigación / El Cuchillo en la Garganta /
Fue miembro del Consejo Mundial de la Paz.